El AOVE de nuestra familia
Antes de tener nombre, fue simplemente nuestro aceite.
Durante años, el olivar formó parte natural de nuestro entorno familiar. Cada cosecha se recogía sin más propósito que el de conservar un aceite propio, fresco y auténtico, destinado únicamente al consumo familiar y a compartirlo con quienes nos rodeaban.
La recolección temprana, la selección del fruto y la molturación inmediata no respondían a una estrategia, sino a una intuición: preservar la frescura y el carácter natural del aceite desde su origen.
Con el tiempo, quienes lo probaban comenzaban a pedirlo de nuevo. Lo que había nacido como algo privado empezó a despertar un interés inesperado. Sin haberlo previsto, comprendimos que aquel aceite tenía una identidad propia.
No era el resultado de una producción, sino de una forma concreta de trabajar la tierra.